Actualmente, no se piensa ya en el Purgatorio,
incluso se viene a negar su existencia, tal como ocurre con el infierno:
¡Tú debes decir que el Cielo, el Purgatorio y el infierno existen!
Si incluso el infierno, el infierno existe, y por desgracia no esta vacío!

Estas son palabras del Ángel de la Guarda de una persona a quién se le dio la misión de recordar ciertas realidades espirituales, y que ha dado origen al libro “El Purgatorio, Una Revelación Particular.” El autor es anónimo, y ha sido publicado por Ediciones Rialp.

Todo cristiano con una formación adecuada sabe que Dios es El Amor y la Divina Misericordia, y su fe no está sujeta por temor a un castigo. Jesucristo mismo nos ha enseñado que Dios es nuestro Abba, Papá. Si nosotros, que somos malos, sabemos dar buenas cosas a nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre que está en los cielos nos dará cosas buenas a los que le piden, a nosotros que somos sus hijos, que nos ha creado por amor.

Pero nuestro Creador nos ha hecho libres, y con esa misma libertad que que nos podemos encaminar a su amor, también podemos rechazarlo. Si el mismo Dios u otras realidades espirituales se nos manifestasen de una forma tan visible a nuestros sentidos terrenales, no sería necesario tener fe, pero tampoco seríamos libres, ya que no nos quedaría otra alternativa que creer. Esa libertad que nos conduce a la Verdad, es la misma que nos tiene sujetos a las limitaciones de este mundo en el conocimiento de las verdades sobrenaturales.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (Catecismo, 1035)

Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegari as diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (Catecismo, 1037)

En este sentido una de las campañas del mismo demonio es hacer creer que ni él ni el infierno existen, relativizar su realidad, o bien deformarla con ridiculizaciones simbólicas. Ojo que nunca debemos subestimar la inteligencia de este ángel caído, que no podemos vencer por nuestros propios medios sino con la gracia de Dios, con sus ángeles y sus santos.

Incluso muchos de los fieles nos vemos a veces impulsados por leer y conocer aquellas cosas que más nos tranquilicen la conciencia, pero inconscientemente podemos hacer el quite a las postrimerías y novísimos.

El alma se encuentra de golpe inmersa en una soledad absoluta que es como la densidad del caos, de la muerte de la nada. Todo es no presencia, no comunicación, no amor. Es una ausencia total de movimiento, de deseo, una inmersión en el pecado en estado bruto, en el mal absoluto, objetivado. El alma se sabe pecadora, pero el pecado le pertenece, ya no es suyo, la posee, la impregna. Hay como un entrelazamiento entre el condenado y el pecado. Es el infierno. Es difícil de exponer. Fuera de tiempo, compararía aquello con una suerte de atomización, una terrible concentración del mal, porque el infierno no está vacío, está lleno de la nada: hay una presión inaudita, una densidad, una opacidad atroces. Cuando hablo de la nada, no es el no ser, es el anti ser, el anti amor.

En este estado, el alma no siente nada, no experimenta nada en el orden sensible, es mil veces peor que un sufrimiento continuo: una agonía del espíritu del que se sabe que no desembocará en nada más que sobre ella misma, yendo siempre hacia abajo porque el espíritu es llevado a unirse a l la ofensa infinita que constituye el pecado, con el que se identifica y se asimila cada vez más. Sin embargo no hay movimiento, ni progreso. Lo que aumenta es una no comunicación entre los condenados que están yuxtapuestos, pegados, oprimiéndose los unos a los otros por el solo hecho. Es peor que el odio, que un movimiento pasional, pulsional, y que se puede de alguna manera disecar o saborear, si se pudiera decir: es el no amor en su glacial objetividad. Porque aunque se arda en el infierno, se está igualmente en un frío de hielo que es el de la segunda muerte, de la muerte eterna. Esto, una vez más, que se comprenda bien, no es una entrada en la nada, una disolución, es la no vida: sin el dinamismo de la vida, sin creatividad, sin evolución. Es un estado permanente de vértigo y de opresión, que va siempre en aumento e intensidad porque esta muerte es infinita, y eterno el infierno. Este sufrimiento es más atroz que todo, el fuego más ardiente de la tierra es glacial en comparación de ese fuego del infierno, y el frío más gélido que aquí es ardiente comparado con el frío glacial de la segunda muerte. No es una experiencia de no ser, sino de no ser lo que se es, el absoluto imposibilitado de ser, de llegar a ser lo que se es porque estaba llamado a serlo en el misterio de la cruz salvífica que se rechazó, despreciando el don gratuito de la salvación

Así sigue el testimonio de este autor anónimo, dando alguna idea de lo que implica es negarse al amor de Dios.

Hoy que celebramos el Sargrado Corazón de Jesús, fuente del amor y misericordia divinas, tomemos un tiempo para meditar el precio que se ha pagado por nuestra redención, a fin que todos nosotros, sus hijas, e hijos, nos salvemos y vivamos junto a Él eternamente.

Anuncios