Hace algún tiempo, una fría mañana de invierno en el Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica de Chile, me encontraba próximo a rendir una evaluación del ramo Fundamentos Filosóficos del Derecho (hoy Derecho Natural). La cita era en la oficina del profesor, a la que se llegaba tras pasar los intrincados pasillos de la Facultad de Derecho. Me senté, y ahí me di cuenta de lo pequeño del espacio que cobijaba a este ilustre maestro, que me recibió con una acogedora sonrisa. Miró un momento por la antigua ventana, y el cielo le mostró un cúmulo de nubes negras con ráfagas de viento lloviznoso. Antes de volver a mirarme a los ojos pronunció el tema que sería objeto de mi interrogación: – ¡Qué bonito día para hablar de Kant!

Ése era don Crescente Donoso, sino el mejor profesor que tuve en la carrera, de seguro el que más dejó huella y recuerdos.

Cómo me hubiese gustado, ahora quince años más tarde, poder conversar nuevamente con él de temas actuales e interesantes, ¡y pensar que tantas veces tuve la oportunidad de hacerlo!

Eso me hace recordar lo importante que es aprovechar a nuestros sabios abuelos, amigos, profesores, hoy y ahora.

Cómo me gustaría tener su sabiduría, vocación y carisma para acercarme a mis propios alumnos y transmitirles esos valores que van más allá del programa, cómo él sabía hacerlo.

Recuerdo también cuando a propósito de los “famosos” de la época, o los típicos artículos de los medios que se referían a “líderes”, o personales muy destacados, el nos decía algo así como:

¿saben quién para mí es digno de admiración? ¿líderes, famosos, personajes importantes? Yo les voy a decir a quién admiro mucho más que a éstos que salen en las revistas, que son elogiados en los Congresos, que ocupan páginas. El otro día vi en la calle, en la vereda, esperando tomar la micro, una mujer. Iba cargada con bolsas, y tenía dos niños agarrados de una de sus manos, y otros tres de la otra. Ahí, esperando la micro, llevando la comida a casa, preocupándose de cada uno de sus hijos, sacando adelante la familia. Esa madre anónima, que no sale en ningún diario, en ninguna revista, es digna de mi mayor admiración que cualquiera de esos otros “famosos”.

Ése era su estilo. Verdaderamente humilde, nunca se preocupaba de figurar en nada, en ningún acto, ningún reconocimiento. Sabía dónde estaba el real valor de las cosas, y lo enseñaba con su ejemplo.

Eran notables sus argumentos con respecto a los temas contingentes de moral. Fue el primero en hacernos presente – cuando se comenzaban a levantar voces para gestar un proyecto de ley de divorcio – que más allá de todas las consideraciones éticas y morales propiamente tales, nos estaban quitando el derecho a casarnos para toda la vida.

Nos van a quitar la posibilidad de casarnos para toda la vida. Nos quitarán un matrimonio mediante el cual yo me pueda comprometer de por vida, libremente. Dicen que quieren tener la opción, por si se equivocan. ¿Y qué pasa con el derecho de los que no queremos tener esa opción? ¿estaremos obligados a tenerla? La única solución posible a esto, en justicia, sería que al llegar el Oficial del Registro Civil nos presentaran dos formularios, el amarillo y blanco. El primero, con opción de divorcio; el segundo sin. Y ustedes ¿cuál creen que eligirían todos? ¿Habría alguien en ese momento que contraiga matrimonio pensando en una futura ruptura?

No dejaba de tener mucha razón, y la gracia es que nadie podía descalificar sus argumentos por motivos religiosos o juicios de valor, ya que al final, con una lógica impecable lograba lo que muy pocos pueden llegar a hacer, demostrar racionalmente y a través de la lógica, cómo es que la moral y el Derecho Natural son el bien para el hombre.

El nos enseñó claramente la existencia del bien y del mal. El bien y la verdad existe, y es una sola. Tal vez no seamos los poseedores de la verdad, pero al menos nos enseñó a reconocer que existe una única verdad, a la cual tenemos que llegar.

El Sábado 30 de junio, a las 21,20 nos dejó para encaminarse de seguro al encuentro con Dios Padre.

El sábado recién pasado, se publicaron unas líneas en su recuerdo.

Crescente Donoso

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