Después de comentar mi episodio y posterior experiencia con un gran amigo y socio de mi oficina, él tuvo la amabilidad de compartir su testimonio de lo que fue unos de sus grandes episodios en su vida, un accidente y posterior recuperación, que relató para la revista del Santiago Runners Club el a?o 2001, y que es un ejemplo de sanar las heridas, vencer los miedos y vivir la vida.
A continuación reproduzco el artículo:
runners

EL ACCIDENTE

En nuestros trotes de fin de semana muchos de ustedes amigos runners me han preguntado por el accidente que tuve hace algunos a?os atrás. Debo confesarles que me daba lata volver a recordarlo y contárselos porque creía era una capítulo ya cerrado de mi vida. Pero la verdad no era tan así. Todavía faltaba se escribiera el epílogo que me permitiera valorar y entender, con la perspectiva del tiempo, como este hecho doloroso y traumático cambió mi existencia para bien. Y esto ocurrió cuando comprendí el porqué de mi impulsivo regreso a Nueva York a correr, sin entrenamiento, la emblemática maratón del 2.001. Aquí va la historia que quiero compartir con ustedes.

Son las 10:30 horas del día 4 de Noviembre de 2.001, estoy parado en el puente Verrazano esperando la partida de la maratón junto a miles de corredores venidos de todas partes del mundo. La imagen de los aviones estrellándose contra las torres gemelas todavía está muy fresca en todos los aquí presentes. Han transcurrido menos de dos meses desde aquél fatídico 11 de Septiembre. La nerviosa multitud escucha con emoción las palabras del Alcalde Guliani. Se siente el vacío que dejaron las torres y los miles que desaparecieron con ellas. Los runners del mundo, a nuestra manera, estamos rindiendo un tributo a la vida. “United We Run” es el lema.

Es mi cuarta maratón en NY. Esta es especial. Me inscribí después del atentado aprovechando el cupo de alguien que se bajó. Fue un impulso irresistible. Vencí los temores propios de la situación que se vivía. Subí y baje del avión a mi se?ora varias veces. Ella también quería estar aquí, siempre me había acompa?ado en mis incursiones internacionales, pero esta vez el ambiente estaba “peludo”. Finalmente llegué solo, ella lo entendió. Sabía lo que significaba para mí.

Sonó el ca?onazo y aparecieron todos los recuerdos. El mismo ca?onazo que cinco a?os antes me dio el vamos a un angustioso y esperanzador recorrido de 42 kilometros para reencontrarme con la vida. Reviví mi propio 11 de Septiembre. Tanto hoy como ayer celebraba estar vivo.

El día 11 de Septiembre de 1996 me encontraba en la fase final de mi entrenamiento para la maratón de Nueva York que correría el 3 de Noviembre de ese a?o. Era mi tercera maratón consecutiva en la Gran Manzana. La primera había sido el a?o 1994 . Pretendía en esta oportunidad bajar las 3:30 hrs. que había registrado el a?o 1995 y, de paso, ganarle a mis eternos rivales, amigos y compa?eros de entrenamiento, Melisenda y Carmona. Estaba entrenando fuerte para ello. Ese día, un martes feriado, tenía planificado hacer una corrida larga de 30k. Decidí hacerla solo en compa?ía de mi fiel perro labrador “Ninja” acostumbrado a estos trotes desde chico, bueno para el agua y que tenía la gracia de no reclamar. El día primaveral estaba perfecto para ello.

Eran las 9:00 de la ma?ana, aproximadamente, cuando salí, bajo un sol tibio, de mi casa ubicada en el barrio de Vitacura. Recién iniciado el trote, subiendo por la vereda norte de Escribá de Balaguer, frente a la entrada del Club de Polo, tomé la decisión, en ese minuto, de cruzar el parque de Casa Piedra por sus jardines interiores para soltar al perro en ese tramo, pues sería el único en que podría andar suelto durante todo el largo recorrido que nos esperaba.

Iba trotando por el parque pocos metros más atrás del “Ninja” con la vista puesta en él. Como buen labrador, cuando divisó la pileta situada en el centro del parque, lo primero que hizo fue dirigirse a ella para tomar agua y pegarse un chapuzón. Al entrar al agua emitió un extra?o aullido quedando atascado sin poder salir. Se retorcía y sólo se le veían sus patas, las que movía frenéticamente. Se estaba ahogando. Instintivamente, y sin entender que le pasaba, apuré el tranco para ayudarlo a salir. En el momento de poner un pie en el agua sentí una fuerza avasalladora que me sometió y me hizo caer de espaldas sin ninguna posibilidad de resistir o reaccionar. Me encontraba atrapado por esta poderosa energía invisible como un alfiler a un imán. Una sensación extremadamente violenta y extra?a. Intuí dentro de esta vorágine que estaba siendo víctima de un schock eléctrico. Inmóvil, en un estado de semi inconsciencia, prisionero de esta fuerza, de espaldas pegado a la rendija metálica del fondo de la pileta y ahogándome por el agua que tragaba, sentía violentas y permanentes descargas eléctricas que me sacudían de la cabeza a los pies. Mucho sufrimiento físico y mental. Mi cuerpo no resistía más dolor, mi mente, a mil por hora, como una computadora enloquecida y acorralada, desplegaba imágenes y luchaba oponiendo una tenaz resistencia en la dura batalla que se libraba por la sobrevivencia. Llegó un instante en que”ya no quería más guerra”. Mi instinto de conservación estaba siendo doblegado. Alcancé a comprender que estaba viviendo el solitario proceso de mi muerte. Hasta ahí me acuerdo. Mi última visión fue un difuso rayo de sol y el intenso azul del cielo. Todo había ocurrido en escasos segundos que para mi fueron una eternidad. Minutos después desperté sorprendido, empapado y con frío recostado al lado de la pileta con fuertes dolores musculares y gente a mi alrededor que me observaba preocupada. Pensé: Que raro, sigo vivo y en el planeta tierra. Me taparon con una frazada y me subieron a la unidad coronaria móvil que me trasladó a la clínica. Acostado en una camilla lleno de aparatos y tubos vi entrar a mi se?ora con cara de sorpresa. Me había despedido de ella esa ma?ana con un clásico “Voy a trotar y vuelvo”. Desesperadamente intentaba decirle que me encontraba bien para disminuir su angustia. El mismo vecino que me rescató había ido a mi casa a avisarle del accidente. Le entregó mis zapatillas mojadas y le sugirió que fuera rápido a la clínica. No quiso explicarle de que se trataba. El como testigo de todo lo ocurrido, y que pudo haber corrido la suerte mía o peor, estaba también muy conmocionado por todo lo que le tocó vivir y ver junto a su se?ora y peque?o hijo. Eran las únicas personas que paseaban por el parque al momento del accidente y la primera vez que lo hacían. El destino tienen sus misterios.

Los exámenes médicos evidenciaron el shock eléctrico con enzimas musculares elevadas y destrucción muscular. Los dolores me duraron varios días. Se me dio de alta con indicación de reposo. El cardiólogo si bien me se?aló que no iba a tener secuelas me hizo presente que estuve al borde del paro cardíaco, que probablemente mi corazón de trotador me salvó. En lo anímico el diagnóstico fue desorden por stress post traumático. El accidente lo revivía a cada rato, de día y de noche. Me electrocuté y ahogé mil veces.

Estuve parado (sin trotar) varios días. Desconcertado, buscando explicación a lo sucedido. Aproveché el fin de semana largo del 18 de Septiembre para aislarme con mi familia lejos del mundanal ruido. Cuando recuperé un poco el ánimo empecé tímidamente a trotar. Primero fueron trotes cortos de 3k y 5k diaros, luego 10 k, que comenzaron a devolverme el alma al cuerpo. Respiraba el aire y los olores de las ma?anas primaverales. Estaba felíz de tener la oportunidad de seguir viviendo junto a los míos y de volver a correr. La maratón de NY ya estaba encima y, aunque el entrenamiento se había ido a las pailas y poco o nada importaban las marcas o ganarle a Melisenda y Carmona, lleno de dudas y temores tomé la decisión de correrla y terminarla. Necesitaba hacerlo para recuperar la confianza.

Con el apoyo de mi querida se?ora, partí junto a ella y la compa?ía de los Runners a NY. Corrí asustado, cada puntada o dolor, se lo atribuía a secuelas del accidente. Pensaba que mi corazón no resistiría, que los calambres no me dejarían terminar. Que sufriría alguna crisis de pánico o algo parecido, en fin, mil sensaciones. Por otro lado, cada kilometro que avanzaba con la ayuda del caluroso apoyo que acostumbran entregar los neoyorquinos, era un triunfo en mi recuperación. Una mezcla de temor y felicidad me invadió durante toda la carrera. Crucé la meta emocionado en 3:54 hrs . Di gracias a Dios por estar vivo y haberme permitido pasar la prueba. Un largo abrazo con la Trini (mi se?ora) y después la celebración. Mi proceso de sanación había comenzado. Una nueva vida me esperaba con muchos kilómetros de regalo para recorrer y caminos por descubrir. He tenido el privilegio de renacer.

Diciembre de 2.001

Grande Hernán!

Anuncios