rosario

A fines del siglo XIX en Francia, viajaba en el tren un señor de cierta edad que en su asiento aprovechaba de rezar el Santo Rosario, sosteniéndolo entre las manos. Al lado, un joven leía concentradamente un libro voluminoso, pero sin dejar fijar la vista cada tanto en el Rosario que llevaba este señor. Hasta que, tal vez de no aguantarse más, el joven le dirigió la palabra comenzándole a hablar acerca de las maravillas de los avances científicos de la época, los grandes descubrimientos de la ciencia, que ya permitían explicar la creación y los misterios de la vida sin necesidad de creencias religiosas o míticas; de cómo en lugar de estar perdiendo el tiempo rezando y creyendo en supercherías, podría instruirse por ejemplo, a través de libros cómo los que él iba leyendo, que explicaban todas estas cosas. El señor le hizo ver interés en lo que le decía, pero no quería dejar sin terminar su Rosario. Entonces acordaron que el joven le prestaría uno de sus libros, dejándole su dirección para que se lo devolviera.

Un tiempo después, el joven recibió un paquete, que además libro que había prestado, traía una nota de agradecimiento que decía: – Le agradezco mucho el haberme prestado este libro, que me ha servido mucho, para aprender, y lo he encontrado muy interesante. Sin embargo, por nada del mundo dejaría de rezar mi Rosario todos los días. Firmado: Luis Pasteur. Instituto de Investigaciones Científicas de París.

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